12 de julio de 2015

La dieta hipocalórica

Hoy quería hablaros de la dieta hipocalórica.


Se entiende por dieta hipocalórica a aquella que aporta una cantidad de energía inferior a la necesaria para el mantenimiento del peso, si bien el término suele reservarse para dietas con un aporte calórico significamente inferior a los requerimientos habituales, es decir, menos de 1.800 Kcal. En cualquier caso señalar que estos valores pueden ser también normocalóricos en  individuos con bajos requerimientos energéticos (ancianos, sedentarios,…).

            Una dieta hipocalórica se caracteriza por:

            A) Energía: la reducción energética debe realizarse sobre la base del requerimiento energético teórico, utilizando las clásicas ecuaciones basadas en la edad, sexo, talla, peso y actividad física. En general el aporte alimentario, en este tipo de dietas, debe de ser cuantitativamente restringido y cualitativamente equilibrado.

Habitualmente, el valor energético de las dietas hipocalórica ambulatorias suele estar comprendido entre las l.200 y 2.000 Kcal. Dentro de estas, consideraremos que aquellas cuyo aporte energético no sea inferior a 1.500 Kcal./día y estén bien estructuradas son equilibradas ya que contienen todos los nutrientes adecuados.  


            Señalar que el aporte energético inicial deberá ser reajustado en el transcurso del tratamiento a medida que disminuye el metabolismo basal con la disminución del peso. Por ello es siempre conveniente empezar con el máximo aporte, para poder reducirlo más adelante si fuese preciso en relación con la evolución ponderal del paciente.

Según el grado de restricción calórica podemos considerar las dietas hipocalóricas como:
v Dietas moderadamente hipoenergéticas: aportan entre 1.800 y 1.000 Kcal. / día. Son las de primera elección.
v Dietas de bajo valor calórico (LCD – “Low calories diets”): con valores calóricos comprendidos entre 1.000 y 800 Kcal. / día. Indicadas en casos de obesidad mórbida y siempre bajo estricto control médico.
v Dietas de muy bajo valor calórico (VLCD – “Very low calories diets”): aportan entre 800 y 400 Kcal / día. En obesidad mórbida y bajo control hospitalario. Deberán ir precedidas de una dieta hipocalórica equilibrada (alrededor de 1.200 Kcal.) y se mantendrán de forma limitada (12 – 16 semanas) para evitar una depleción proteica visceral y/o afectación cardiaca, entre otras múltiples complicaciones. 


            B) Proteínas: en forma de proteínas de alto valor biológico, de origen animal, y débil valor calórico. Su consumo se cifra en un 15% del aporte calórico total. Un bajo aporte proteico conlleva disminución de la masa muscular lo que no interesa por un aumento de la masa grasa. También, por este mismo motivo, al disminuir el VCT de la dieta la proporción de proteínas se incrementa para mantener y asegurar un aporte equilibrado de las mismas (0,8 – 1 gr. / kg. / día).

Al margen de su volumen y consistencia, las purinas estimulan las secreciones gástricas y retrasan el vaciamiento gástrico. Utilizadas horas antes de las comidas principales en forma de caldos calientes, ayudan a provocar sensación de saciedad.
           
            C) Glúcidos: debe constituir el 50-60% de las calorías consumidas. Se recomienda disminuir los glúcidos solubles (mono, di y oligosacáridos) a cantidades inferiores del 10% del VCT de la dieta y consumir los polisacáridos ricos en almidones y fibras. En dietas muy estrictas, nunca recomendar menos de 50 gr. de glúcidos/día para evitar la cetosis y perdida de líquido corporal, si bien esta conlleva una mayor pérdida de peso a corto plazo.
           
        D) Lípidos: supondrán un 20-30% del aporte energético, aportando pocos ácidos grasos saturados y manteniendo un aporte adecuado de insaturados. La ingesta de colesterol no superará los 300 mg. / día.

Aunque son nutrientes que provocan sensación de saciedad, las dietas ricas en grasas se asocian a baja ingestión de glúcidos, con disminución de las reservas de glucógeno hepático y aumento del apetito y la ingesta. Además, los lípidos aportan más calorías por unidad de peso, y su gasto por almacenamiento en forma de grasa corporal es pequeño, al igual que la termogénesis asociada a su ingesta.

          E) Fibras alimentarias: proporcionan, sobre todo las pectinas, gomas y mucílagos (fibra formadora de gel o hidrófila), sensación de saciedad, al ser alimentos voluminosos, que estimulan la distensión y secreción gástrica, además de retrasar el vaciamiento del estómago. También favorecen el tránsito intestinal y aumentan la excreción de colesterol y glúcidos.
           
            F) Vitaminas y minerales: en dietas muy estrictas, por debajo de 1.500 Kcal., deben de completarse con aportes extras de los mismos. Dietas de menos de 1.800 Kcal. seguidas en largos periodos de tiempo tampoco aseguran el aporte adecuado de vitaminas y minerales.

            G) Agua: se asegurará beber abundante agua (1,5 – 2 l. / día), sobre todo fuera de las comidas, con el fin de tener sensación de plenitud gástrica, además de favorecer la diuresis y la movilización de líquidos en los compartimentos intra y extracelular.

           El fraccionar la dieta en 4-6 tomas al día mejora la tolerancia a la glucosa, reduce el colesterol plasmático y disminuye la necesidad de "picar"; además, una dieta no fracciona hace aumentar más de peso por un incremento en la lipogénesis. La ingesta de los alimentos debe de realizarse despacio, masticando e insalivando adecuadamente para dar tiempo a que se activen las señales de saciedad y no dejar de comer con hambre.

          La pérdida de peso debe de ser gradual y definitiva para favorecer la disminución de los depósitos de grasa, limitar las pérdidas de proteínas y evitar la disminución de la tasa metabólica basal que se observa en las rápidas reducciones de peso y que son las responsables en gran medida de la recuperación del peso tras el cese de la dieta.

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